Actividades socioculturales para fomentar liderazgo juvenil auténtico

Jóvenes realizando tareas de participación comunitaria en un entorno natural

Cuando hablamos de liderazgo juvenil, todavía es frecuente imaginar a una persona con facilidad para hablar en público, capaz de dirigir a un grupo o de conseguir que los demás sigan sus propuestas, sin embargo, el liderazgo juvenil puede entenderse desde una perspectiva mucho más amplia y, sobre todo, más educativa. Liderar también significa saber escuchar, asumir responsabilidades, cuidar de otras personas, proponer alternativas, afrontar dificultades y comprender que nuestras decisiones pueden tener un impacto sobre aquello que nos rodea, por eso, fomentar el liderazgo entre adolescentes y jóvenes no debería consistir en enseñarles simplemente a dirigir, sino en ofrecerles oportunidades para descubrir de qué manera pueden participar, aportar y formar parte activa de su comunidad. Además, no todas las personas jóvenes ejercen el liderazgo de la misma manera, y precisamente ahí encontramos una de sus mayores riquezas. Algunas tienen facilidad para comunicar y movilizar al grupo, mientras que otras destacan organizando, aportando ideas, mediando ante un conflicto o detectando cuándo alguien necesita apoyo. Incluso hay jóvenes que rara vez ocupan el centro de una actividad y que, sin embargo, son fundamentales para que el grupo funcione, reconocer estas diferentes formas de participación permite alejarnos de una visión del liderazgo basada únicamente en quién habla más o quién toma las decisiones y acercarnos a otra mucho más humana, cooperativa y compartida.

En este sentido, las actividades socioculturales para jóvenes ofrecen un contexto especialmente interesante para desarrollar estas capacidades, ya que permiten aprender desde situaciones reales y no únicamente desde la teoría, un proyecto comunitario, una actividad de ocio educativo, una iniciativa cultural, una acción de voluntariado o la organización de un evento pueden convertirse en pequeños espacios de aprendizaje donde las personas jóvenes tengan que ponerse de acuerdo, distribuir tareas, defender una propuesta, escuchar opiniones diferentes y asumir responsabilidades. De esta forma, el liderazgo deja de ser un concepto abstracto y empieza a construirse a partir de experiencias concretas. Pensemos, por ejemplo, en un grupo de adolescentes al que se propone organizar una actividad para otros jóvenes de su municipio, antes de llegar al resultado final tendrán que decidir qué quieren hacer, valorar diferentes posibilidades, organizar los recursos disponibles, repartir responsabilidades y resolver los problemas que vayan apareciendo. Probablemente surgirán desacuerdos y habrá decisiones que no funcionen como esperaban, pero precisamente en todo ese proceso se encuentra buena parte del aprendizaje, el valor educativo no reside únicamente en que la actividad final salga bien, sino en todo lo que han tenido que aprender para conseguir llevarla a cabo.

Ahora bien, para que estas experiencias generen una participación juvenil auténtica es necesario revisar también el papel que asumimos las personas adultas, con frecuencia hablamos de participación y preguntamos a los jóvenes qué quieren hacer, aunque muchas veces las decisiones importantes ya están tomadas de antemano. Les ofrecemos varias opciones, les permitimos escoger entre ellas y consideramos que hemos generado un proceso participativo. Aunque este tipo de consulta puede tener sentido en determinados momentos, la participación real necesita avanzar un poco más y permitir que las personas jóvenes puedan influir verdaderamente en aquello que están construyendo. Esto implica ofrecer espacios donde puedan proponer, decidir, organizar y evaluar, pero también aceptar que probablemente harán algunas cosas de manera diferente a como las haríamos nosotros. Acompañar un proceso de liderazgo juvenil supone, por tanto, encontrar un equilibrio entre proporcionar seguridad y dejar suficiente libertad para experimentar, si resolvemos inmediatamente cada dificultad, anticipamos todos los problemas o corregimos constantemente sus decisiones, podemos conseguir una actividad aparentemente perfecta, pero estaremos perdiendo muchas de las oportunidades educativas que aparecían durante el camino.

Por este motivo, aprender a equivocarse también forma parte del liderazgo, las actividades socioculturales y el ocio educativo permiten crear contextos seguros donde una decisión que no funciona puede revisarse, donde una dificultad puede convertirse en una conversación y donde el error no tiene por qué vivirse como un fracaso. Cuando una persona joven puede probar algo, comprobar sus consecuencias, reflexionar sobre lo sucedido y volver a intentarlo, está desarrollando autonomía y aprendiendo a asumir responsabilidades de una manera mucho más significativa. Al mismo tiempo, estas experiencias permiten comprender que liderar no significa tener siempre la respuesta correcta, a veces implica reconocer que necesitamos ayuda, cambiar una decisión después de escuchar al grupo o aceptar que la propuesta de otra persona funciona mejor que la nuestra, de hecho, uno de los aprendizajes más importantes que puede ofrecer el ocio educativo es precisamente descubrir que el liderazgo no tiene por qué concentrarse en una única persona, sino que puede distribuirse entre quienes forman parte del grupo.

Cuando trabajamos desde esta perspectiva, cada participante puede encontrar una forma diferente de aportar, mientras alguien se encarga de organizar una actividad, otra persona puede ocuparse de comunicarla; mientras una propone una idea creativa, otra puede detectar las dificultades para llevarla a cabo; y mientras algunas personas se sienten cómodas tomando la palabra, otras pueden desempeñar un papel fundamental acompañando al grupo y favoreciendo que nadie quede fuera. Poco a poco, se aprende que un proyecto colectivo funciona mejor cuando cada persona encuentra un espacio desde el que contribuir, además, este tipo de experiencias tiene una relación muy directa con la autoestima y con la construcción de la identidad. Durante la adolescencia y la juventud resulta especialmente importante disponer de espacios donde descubrir capacidades propias que quizá todavía no habían aparecido. Una persona puede pensar que no sabe organizar hasta que tiene la oportunidad de hacerlo, del mismo modo que puede descubrir que sabe mediar en un conflicto, explicar una idea, motivar a otras personas o asumir una responsabilidad que inicialmente le generaba inseguridad.

Esos pequeños descubrimientos pueden parecer poco importantes desde fuera, pero tienen un enorme valor personal. Cuando alguien comprueba que sus ideas son escuchadas, que el grupo confía en ella o que aquello que ha hecho ha contribuido a mejorar una actividad, comienza a percibirse de otra manera. Ya no participa únicamente en algo diseñado por otras personas, sino que empieza a reconocerse como alguien capaz de aportar y de generar cambios. De este modo, la participación deja de ser simplemente estar presente y comienza a convertirse en una experiencia de pertenencia y reconocimiento, esta dimensión adquiere todavía más fuerza cuando las actividades socioculturales están conectadas con la comunidad. Si un grupo de jóvenes organiza una actividad cultural para su barrio, participa en una iniciativa medioambiental, colabora con una asociación o propone mejoras para un espacio juvenil, empieza también a relacionarse de otra manera con su entorno. El municipio deja de ser únicamente el lugar donde viven y comienza a convertirse en un espacio sobre el que pueden opinar, decidir y actuar y por ello, fomentar el liderazgo juvenil tiene también una dimensión comunitaria. Cuando las personas jóvenes sienten que su participación produce resultados visibles, aumenta su sentimiento de pertenencia y, al mismo tiempo, aparece una mayor conciencia sobre la responsabilidad compartida. Poco a poco pueden pasar de preguntarse qué actividades organiza su municipio para ellas a preguntarse qué pueden construir ellas mismas junto a otras personas. Ese cambio, aunque pueda parecer pequeño, es una de las bases de una ciudadanía activa.

En todo este proceso, los equipos educativos desempeñan un papel fundamental, sin embargo, acompañar no significa ocupar permanentemente el centro de la experiencia, sino saber cuándo orientar y cuándo dejar espacio, en algunos momentos será necesario aportar herramientas, establecer límites o ayudar a ordenar una propuesta; en otros, en cambio, lo más educativo será observar, confiar y permitir que sea el propio grupo quien encuentre una solución, esa capacidad de estar presentes sin asumir constantemente el protagonismo es probablemente una de las partes más complejas, pero también más importantes, del acompañamiento juvenil. Para que esto sea posible necesitamos confiar realmente en las capacidades de adolescentes y jóvenes, no únicamente cuando sus propuestas coinciden con aquello que esperábamos, sino también cuando plantean formas diferentes de hacer las cosas, cuestionan determinadas decisiones o necesitan más tiempo para encontrar su camino. La participación juvenil pierde gran parte de su sentido cuando únicamente la aceptamos mientras encaja dentro de nuestras expectativas adultas. Por otro lado, también es importante dejar de hablar de la juventud exclusivamente como el futuro, evidentemente, acompañar estos procesos contribuye a desarrollar competencias que serán útiles durante toda la vida, pero las personas jóvenes no necesitan esperar a convertirse en adultas para aportar a su comunidad, tienen ideas, necesidades, inquietudes y capacidades en el presente y, por tanto, necesitan espacios donde puedan ejercer esa participación ahora.

En este sentido, ayuntamientos, centros juveniles, entidades sociales y proyectos de ocio educativo tienen una oportunidad especialmente valiosa, crear espacios estables de participación, apoyar iniciativas propuestas por jóvenes, facilitar recursos y acompañar proyectos nacidos desde sus propios intereses permite avanzar desde una programación pensada únicamente para la juventud hacia otra construida también con ella. Además, cuando estos procesos se mantienen en el tiempo, la participación deja de ser algo puntual y puede convertirse en parte de la propia cultura comunitaria.

Desde Grupo TOT entendemos el liderazgo juvenil precisamente desde esta mirada, en nuestras actividades socioculturales y proyectos de ocio educativo buscamos generar oportunidades para que adolescentes y jóvenes no sean únicamente participantes o destinatarios de una programación, sino personas capaces de intervenir en ella, aportar propuestas y asumir responsabilidades de manera progresiva y para conseguirlo, tratamos de crear espacios seguros donde puedan experimentar, equivocarse, tomar decisiones y descubrir sus propias capacidades, contando siempre con el acompañamiento cercano de los equipos educativos. Porque detrás de una actividad aparentemente sencilla pueden estar ocurriendo muchas cosas, puede haber una persona que se atreve por primera vez a explicar una idea delante de su grupo, otra que descubre que sabe organizar mejor de lo que pensaba o alguien que, sin necesidad de ocupar el centro, consigue que un compañero que estaba más apartado termine sintiéndose parte de la actividad y todas estas experiencias construyen liderazgo, aunque muchas veces no las llamemos así.

Quizá, por tanto, fomentar un liderazgo juvenil auténtico no consista en buscar quién será capaz de ponerse delante del grupo, sino en crear las condiciones necesarias para que cada persona pueda encontrar su propia forma de participar, porque cuando ofrecemos confianza, responsabilidad y espacios reales de decisión, no estamos preparando únicamente a quienes algún día tendrán que transformar su comunidad, estamos reconociendo que las personas jóvenes ya tienen capacidad para empezar a transformarla hoy.

Aarón Zomeño Miravalles-Coordinador de proyectos pedagógicos y de ocio educativo.

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